El olivo en México

A partir del descubrimiento de América, el olivo salió de los confines del mar Mediterráneo y sus alrededores. Cuando los españoles llegaron al nuevo mundo en 1492, entre sus viandas se encontraban las aceitunas y el aceite de oliva, sin embargo, fue hasta los años posteriores a la Conquista que Fray Martín de Valencia trajo los primeros olivos a México, procedentes de Sevilla, en 1531.

Se considera que Tulyehualco (Xochimilco) fue el primer lugar de cultivo en todo el continente americano; incluso, a la fecha existe un pequeño olivar en la entrada de la parroquia franciscana de San Bernardino de Siena, en el centro de la delegación Xochimilco, conservado en conmemoración de este hecho. Posteriormente se plantaron olivares en Texcoco, Chalco y Tacubaya, extendiéndose a las zonas aledañas, pero la producción en Xochimilco fue la que más auge alcanzó, al grado que se formó un olivar de más de 2 kilómetros de longitud (un tamaño en extremo considerable para la época) en las riberas del lago, del cual se conservan aún el Olivar de Santa María y el Olivar de las Ánimas. Este último se cultivó al inicio del siglo XVII, cuando se formó la Cofradía de las Ánimas del Purgatorio, en Tulyehualco, para apoyar a la comunidad con diversas obras de beneficencia, entre ellas, el cultivo del olivo, la cosecha de su fruto y la producción de aceite.

En cuanto al territorio nacional, las primeras plantaciones de grandes proporciones se hicieron en Sonora y Chihuahua, en el siglo XVII, seguidas las de Jalisco, Hidalgo, Michoacán y la península de Baja California. Gracias a la expansión que tuvieron los olivares por las condiciones propicias del terreno, se incrementaron las fuentes de trabajo e inició una verdadera industria de producción aceitera, la cual llegó a ser tan importante, que despertó la preocupación de la Corona española ante la posibilidad de tener como competidor comercial a una de sus colonias.

Se prohibe el cultivo del olivo

Por este motivo el rey Carlos III firmó la Cédula Real del 17 de enero de 1774, en la que ordenó a los virreyes prohibir el cultivo de olivares en México. Sin embargo, la imposición se incrementó en 1777, cuando firmó una nueva Cédula en la que ordenó la destrucción de todos los olivos del territorio. Afortunadamente, sobrevivieron unos cuantos y perduran hasta hoy, manteniendo su lugar dentro de la gastronomía de los mexicanos y su algarabía, por ejemplo, en la celebración anual de la “Feria de la alegría y el olivo” en Tulyehualco.

Si bien jamás se repitió el auge que tuvo el olivo en tiempos de la Colonia y la decisión del monarca determinó la parcial ausencia del país en el comercio actual del aceite y la aceituna, existe una producción a pequeña escala que conserva un buen nombre en el medio y tiene vistas a crecer gradualmente, la cual impide olvidar que, como sucede en los lindes del mar Mediterráneo, el olivo es parte de la vida y la historia de México, incluso conmemorado en cada entonación del Himno nacional: “Ciña ¡oh, patria! tus sienes de oliva…”.

Resurgimiento de los olivares en México

Hoy en día, los olivares de mayor reconocimiento en el país se encuentran principalmente en los estados de Sonora, Baja California Norte y en especial, en Tamaulipas, donde hace 7 años se creó un olivar de más de 2,000 hectáreas de las especies Arbequina, Arbosana, y Koroneiky, que incrementarán considerablemente la produción de aceite de oliva extra virgen en México y que contibuirán sustancialmente al desarrollo social, económico y ecológico de la región.